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¿Qué hace que un personaje parezca real?

Algunos personajes permanecen en nuestra memoria mucho después de cerrar un libro. ¿Qué papel tienen sus gestos, contradicciones y pequeñas decisiones?

5 min de lectura

Hay personajes que recordamos mucho después de haber terminado un libro. A veces no recordamos exactamente qué dijeron, cómo se llamaba la ciudad donde vivían o siquiera el orden en que ocurrieron los acontecimientos. Pero recordamos sus gestos, sus decisiones y aquella manera tan particular que tenían de reaccionar frente a determinadas situaciones. Puede que incluso lleguemos a preguntarnos qué habrían hecho si la historia hubiera continuado.

Es curioso pensar que podemos sentir tanta cercanía por alguien que nunca existió. Sabemos perfectamente que sus pensamientos fueron inventados, que sus conversaciones nacieron de la imaginación de un escritor y que, cuando cerramos el libro, no hay ninguna persona esperando al otro lado de la página. Sin embargo, algunos personajes consiguen escapar de esa condición ficticia y permanecer en nuestra memoria.

¿Por qué sucede? ¿Qué diferencia existe entre un personaje que simplemente cumple una función dentro de una historia y otro que parece tener una vida propia?

Quizás parte de la respuesta esté en algo que solemos hacer también con las personas reales: observar sus pequeños comportamientos para descubrir quiénes son.

Las pequeñas cosas también cuentan

Imagina a una mujer que siempre llega temprano a sus compromisos. Es organizada, recuerda los cumpleaños y jamás olvida responder un mensaje. Podríamos decir que es responsable, considerada y bastante puntual. Hasta aquí, tenemos algunas características, pero todavía sabemos poco sobre ella.

Ahora imaginemos que esa misma mujer lleva diez minutos esperando frente a una puerta y, aunque podría tocar el timbre, decide seguir caminando. Se detiene en la esquina, mira el teléfono y vuelve sobre sus pasos. No está llegando tarde. De hecho, llegó antes de la hora acordada. Pero, por alguna razón, le resulta más sencillo esperar bajo el sol que enfrentarse a quien está del otro lado.

De repente, aparece algo que no estaba en nuestra descripción inicial. Sabemos que es puntual, pero también descubrimos que hay encuentros que le producen inseguridad. Podemos imaginar su incomodidad sin necesidad de conocer todavía toda su historia.

Y eso me parece interesante, porque las personas rara vez nos explicamos completamente mediante una lista de cualidades. Alguien puede ser generoso y olvidar constantemente los cumpleaños de sus amigos. Puede tener una memoria extraordinaria y perder las llaves tres veces por semana. O mostrarse seguro frente a una multitud y quedarse sin palabras cuando necesita pedir disculpas.

Los pequeños detalles permiten que esas diferencias aparezcan de manera natural. Una persona que acomoda cuidadosamente los objetos de su mesa puede estar intentando mantener el control de algo. Otra que guarda entradas de cine en una caja quizás les atribuya un valor que nadie más comprende. Naturalmente, esos gestos no tienen un significado universal. Su importancia depende de la historia y de lo que el lector llegue a descubrir sobre el personaje.

Por eso, describir a alguien no siempre produce el mismo efecto que permitirnos observarlo. Decir que un personaje es orgulloso puede ayudarnos a comprenderlo, pero verlo ensayar una disculpa durante media hora y finalmente cambiar de tema nos permite descubrir ese orgullo de una manera bastante más personal.

Nadie se comporta siempre como esperamos

Hay una tentación bastante frecuente cuando escribimos una historia: conseguir que los personajes actúen siempre de acuerdo con las características que les asignamos. Si alguien es valiente, debe enfrentarse a todos los peligros. Si es tímido, apenas participa en las conversaciones. Si es inteligente, sus decisiones deberían ser acertadas.

Pero basta con observar a las personas que conocemos para descubrir que las cosas no funcionan exactamente así.

Una persona valiente también puede sentir miedo. Alguien tímido puede defender una idea con una firmeza sorprendente. Y una persona inteligente puede tomar una decisión terrible, especialmente cuando están involucrados sus sentimientos. Eso no significa que su personalidad haya cambiado de repente. Significa que las circunstancias pueden revelar aspectos que hasta entonces permanecían ocultos.

Ahora bien, tampoco alcanza con introducir contradicciones para que un personaje parezca más humano. Si alguien actúa de una manera completamente diferente en cada capítulo, sin que podamos comprender qué lo impulsa, probablemente terminemos confundidos. Las contradicciones necesitan alguna relación con sus deseos, sus temores, su experiencia o su manera de interpretar lo que sucede.

Pensemos en un hombre que asegura no necesitar a nadie. Vive solo, evita compromisos y parece sentirse cómodo con esa independencia. Pero cada domingo prepara café para dos personas, aunque sabe que nadie irá a visitarlo. Podría existir una historia detrás de esa costumbre. Quizás una pérdida, una esperanza que todavía conserva o una tradición que no consigue abandonar. Lo importante no es revelar inmediatamente la explicación, sino permitir que el comportamiento despierte nuestra curiosidad.

También es fundamental que los personajes conserven cierta independencia frente a lo que el escritor necesita que ocurra. Esto no significa que puedan escapar literalmente del argumento, sino que sus decisiones deben resultar comprensibles dentro de la persona que hemos construido. Si una mujer ha desconfiado de alguien durante toda la historia, no bastará con que de repente le entregue un secreto importantísimo porque necesitamos avanzar hacia el siguiente capítulo.

El lector puede aceptar decisiones sorprendentes, equivocaciones e incluso cambios profundos. Lo que necesita es encontrar alguna razón para creer que esa persona podría haber actuado así.

Y no todos los personajes necesitan un pasado trágico, un secreto extraordinario o una transformación radical. Algunos adquieren profundidad simplemente porque tienen una manera particular de mirar el mundo. Un comentario inoportuno, una costumbre absurda o una preocupación que los demás consideran insignificante pueden decirnos mucho sobre ellos.

Quizás ahí encontremos una de las partes más interesantes de escribir ficción. Inventamos personas sabiendo exactamente qué palabras van a pronunciar y, aun así, intentamos conseguir que parezca que las han elegido por su cuenta. Les damos recuerdos que nunca tuvieron, preocupaciones que nunca sintieron y pequeños hábitos que no necesitan para existir fuera de nuestras páginas.

Pero cuando todo eso encuentra cierta coherencia, ocurre algo curioso: dejamos de ver únicamente lo que el escritor ha construido y comenzamos a reconocer a alguien.

No hace falta que nos agrade, que compartamos sus decisiones ni que queramos parecernos a esa persona. A veces recordamos precisamente a aquellos personajes que nos incomodan. Lo importante es que consigamos comprender algo de ellos, incluso cuando no estamos de acuerdo con lo que hacen.

Y entonces, mucho después de cerrar el libro, quizás olvidemos algunas escenas, las fechas y hasta ciertos nombres. Pero seguiremos recordando a aquella mujer que no se animaba a tocar el timbre o a aquel hombre que preparaba café para dos.

Como si, en algún lugar, sus vidas hubieran continuado sin nosotros.

F. J. Levin

Revisado y aprobado

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