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¿Por qué un sitio bonito puede ser difícil de usar?

Un sitio puede causar una excelente primera impresión y resultar difícil de utilizar. Descubre por qué el diseño también debe ayudar a las personas a encontrar lo que necesitan.

4 min de lectura

Entras a un sitio web y lo primero que encuentras es una fotografía espectacular. Los colores combinan perfectamente, las letras tienen una apariencia elegante y cada elemento parece haber sido colocado con muchísimo cuidado. Incluso hay pequeñas animaciones que acompañan tus movimientos. Todo se ve moderno, profesional y bastante caro. Hasta que intentas encontrar el número de teléfono de la empresa.

Entonces comienza la aventura.

Buscas en el menú, recorres la página, encuentras una sección que dice «Nuestra esencia» y otra que te invita a «Descubrir una nueva experiencia». Las fotografías siguen siendo hermosas, pero todavía no sabes dónde está el teléfono. Después de varios intentos, comienzas a preguntarte si realmente vale la pena seguir buscando.

Y aquí aparece una contradicción interesante: un sitio puede estar muy bien diseñado desde el punto de vista visual y, al mismo tiempo, ofrecer una experiencia bastante incómoda.

No significa que el diseño visual sea innecesario. Al contrario, una buena presentación puede transmitir cuidado, despertar interés y ayudarnos a comprender una propuesta. El problema aparece cuando la apariencia comienza a competir con aquello que el visitante necesita hacer.

Cuando la belleza se interpone

Pensemos en un restaurante. Podemos imaginar un local con una decoración maravillosa, iluminación agradable y mesas cuidadosamente preparadas. Todo parece perfecto hasta que nos entregan una carta con letras tan pequeñas que necesitamos acercarla a la luz para conseguir leerla. Quizás la carta sea preciosa. Pero si no podemos saber qué platos ofrecen, algo no está funcionando.

Con los sitios web ocurre algo parecido. Podemos encontrar botones que apenas se distinguen del fondo, menús que desaparecen detrás de animaciones o páginas donde necesitamos desplazarnos muchísimo para encontrar una información sencilla. Y a veces las decisiones que parecen más elegantes terminan siendo las menos cómodas para quien necesita utilizarlas.

Existe un fenómeno estudiado en el diseño de experiencias digitales conocido como efecto estético-usabilidad. En términos sencillos, las personas pueden percibir un producto atractivo como más fácil de utilizar, incluso cuando su funcionamiento presenta dificultades. La apariencia influye en nuestra primera impresión y puede hacer que toleremos ciertos inconvenientes. Pero esa paciencia no es infinita, especialmente cuando no conseguimos completar lo que habíamos ido a hacer.

Imagina que quieres reservar un horario para recibir atención. Encuentras un sitio elegante, con imágenes muy cuidadas y una presentación impecable de los servicios. Pero el botón para reservar está escondido al final de una página larguísima. Y cuando finalmente lo encuentras, abre un formulario que no se adapta correctamente a la pantalla de tu celular.

Desde el punto de vista de quien creó el sitio, quizás todo parecía perfectamente organizado. Sin embargo, para el visitante, la experiencia fue bastante diferente. No encontró fácilmente lo que buscaba, tuvo dificultades para completar una acción y probablemente terminó dedicando más tiempo del que esperaba.

Diseñar también significa comprender al visitante

Cuando pensamos en la estructura de un sitio, resulta fácil concentrarnos en lo que queremos mostrar. Nos interesa presentar nuestros servicios, explicar nuestra historia, destacar nuestras cualidades y transmitir una determinada identidad. Todo eso puede ser importante, especialmente cuando estamos construyendo una marca.

Pero hay una pregunta que merece tanta atención como las anteriores: ¿qué necesita encontrar la persona que acaba de llegar?

Alguien puede visitar el sitio de una clínica porque quiere conocer sus especialidades. Otra persona quizás ya sabe qué servicio necesita y solamente busca reservar una consulta. Una tercera quiere comprobar dónde está ubicada antes de salir de casa. Aunque todos visiten la misma página, no necesariamente tienen la misma intención.

Por eso, una buena experiencia no consiste en mostrarle todo a cada visitante, sino en permitirle encontrar lo que necesita sin atravesar obstáculos innecesarios. A veces eso significa utilizar un título más claro, colocar una información en un lugar visible o eliminar una animación que parecía interesante, pero dificultaba la navegación.

Y aquí conviene aclarar algo: sencillez no significa necesariamente ausencia de personalidad. Un sitio puede tener ilustraciones originales, transiciones cuidadas, una tipografía particular y una identidad visual reconocible. Puede sorprender al visitante y transmitir emociones. La cuestión es conseguir que esos elementos acompañen la experiencia, en lugar de exigir toda nuestra atención.

También debemos considerar los distintos dispositivos. Una página que parece perfectamente organizada en una computadora puede volverse incómoda en un teléfono. Los elementos cambian de posición, algunas imágenes ocupan demasiado espacio y los botones que antes resultaban fáciles de utilizar pueden terminar demasiado juntos. No alcanza con reducir el tamaño de todo para que entre en una pantalla más pequeña. Necesitamos pensar cómo va a interactuar alguien con ese contenido.

Quizás una de las maneras más sencillas de evaluar un sitio sea observar a otra persona mientras intenta utilizarlo. Podemos pedirle que encuentre un servicio, consulte una información o complete una solicitud. No hace falta explicarle dónde están los botones ni indicarle qué camino debe seguir. De hecho, si necesitamos intervenir constantemente para ayudarla, ya tenemos una pista bastante interesante sobre lo que deberíamos revisar.

Después podemos preguntarle qué esperaba encontrar y dónde creyó que estaría esa información. Es posible que descubramos problemas que nunca habíamos considerado, simplemente porque nosotros conocemos el sitio demasiado bien. Sabemos dónde está cada elemento, por qué fue colocado allí y qué significa cada sección. El visitante, en cambio, llega sin todas esas explicaciones.

Al final, la calidad de un sitio no depende exclusivamente de cómo se ve ni solamente de cuántas funciones ofrece. También depende de la facilidad con la que una persona puede comprenderlo y utilizarlo.

Y esto no significa que tengamos que elegir entre belleza y comodidad. Un buen diseño puede ofrecer ambas cosas.

Porque aquella fotografía espectacular del comienzo tal vez consiga que alguien se detenga a mirar. Pero será la experiencia que encuentre después la que determine si decide quedarse.

F. J. Levin

Revisado y aprobado

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