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¿Por qué seguimos recordando aquella vergüenza de hace años?

Una frase torpe, una caída o una conversación incómoda pueden volver a la memoria muchos años después. ¿Por qué nos siguen dando vergüenza?

3 min de lectura

Estás buscando las llaves, preparando la cena o esperando que hierva el agua. Todo va bien hasta que, sin aviso, recuerdas aquella respuesta que diste en una reunión hace doce años. La que habría sido mejor no dar. De pronto vuelves a sentir el calor en la cara, como si acabara de ocurrir.

Lo peor es que nadie te estaba preguntando nada. El recuerdo llegó solo, se acomodó en tu cabeza y decidió quedarse un rato. Por supuesto, esta vez se te ocurre la respuesta perfecta. Doce años tarde, pero perfecta.

¿Por qué una tontería del pasado puede incomodarnos tanto en el presente? Hay recuerdos dolorosos por motivos muy serios. Pero también están esas pequeñas vergüenzas que, vistas desde fuera, casi podrían convertirse en una buena historia para contar durante la comida.

¿De verdad todos se dieron cuenta?

Imagina que alguien tropieza al entrar en una sala. Se incorpora, se ríe nerviosamente y sigue caminando. Esa noche recuerda el tropiezo varias veces. Está convencido de que todos se fijaron, aunque muchos de los presentes quizá estuvieran pensando en sus propios asuntos.

En un estudio publicado en el año 2000, los psicólogos Thomas Gilovich, Victoria Medvec y Kenneth Savitsky describieron una tendencia que llamaron efecto foco: solemos exagerar cuánto notan los demás nuestra apariencia o nuestro comportamiento. En uno de sus experimentos, los participantes sobrestimaron cuántas personas recordarían el dibujo de una camiseta llamativa que llevaban puesta.

La idea ayuda a entender algunas situaciones, pero no demuestra que nadie haya notado nuestro error. Hay metidas de pata que sí quedan en la memoria de otros. También hay palabras que lastiman, y en esos casos lo importante no es librarse de la vergüenza, sino reconocer lo ocurrido.

Además, no recordamos una escena como quien reproduce una grabación intacta. Con los años, podemos prestarle atención a detalles distintos, olvidar otros y volver a contarla desde lo que sabemos ahora. A veces nuestro juez más severo es una versión de nosotros mismos que ya aprendió qué habría hecho de otra manera.

Eso explica una paradoja bastante humana: podemos tratar con mucha comprensión a un amigo que cometió un error parecido y, sin embargo, dedicarle a nuestra propia torpeza un juicio interminable.

¿Qué hacemos con el recuerdo?

Hay una diferencia entre recordar algo para comprenderlo y darle vueltas una y otra vez sin descubrir nada nuevo. Si aquella conversación terminó mal, tal vez convenga pensar si debemos una explicación o una disculpa. Pero si solamente pronunciamos mal una palabra delante de tres personas, quizás la historia ya no tenga mucho más que enseñarnos.

En dos experimentos publicados en 2005, Ethan Kross, Özlem Ayduk y Walter Mischel estudiaron distintas formas de pensar sobre experiencias desagradables. Encontraron que tomar cierta distancia al examinarlas podía favorecer una reflexión menos cargada emocionalmente en las situaciones estudiadas. Es un resultado interesante, aunque no una receta que funcione igual con cada recuerdo.

No necesitamos convertir cada vergüenza en una lección. Algunas fueron errores que debemos reparar; otras fueron simplemente momentos incómodos. Y muchas pertenecen a una persona que seguimos siendo, pero que ya no piensa exactamente igual.

La próxima vez que reaparezca aquella frase de hace doce años, quizá vuelvas a ruborizarte. Tal vez incluso te rías. Lo gracioso es que, mientras tú recuerdas con precisión lo que dijiste, las otras personas de aquella sala probablemente estén ocupadas recordando sus propias frases desafortunadas.

F. J. Levin

Revisado y aprobado

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