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Caperucita Roja

Una niña de caperuza roja cruza el bosque para visitar a su abuela. En el camino se encuentra con un lobo muy educado y demasiado curioso. Una adaptación del cuento clásico para leer en familia.

6 min de lectura

En un pueblo rodeado de árboles vivía una niña a la que todos conocían por su caperuza roja. Se la había regalado su abuela, cosida con una tela tan suave que la niña no quería ponerse ninguna otra. La llevaba para salir a jugar, para ir de visita y hasta en esos días de mucho, muchísimo calor, cuando uno piensa que un helado es la mejor idea del mundo. Su madre le decía que podía quitársela un rato, pero ella no quería ni oír hablar del asunto. Al final, nadie recordaba haberla llamado de otra manera: era, sencillamente, Caperucita Roja.

Su abuela vivía al otro lado del bosque, en una casita con una ventana llena de macetas. Hacía unos días que estaba enferma y pasaba las mañanas descansando. Por eso, una mañana, la madre de Caperucita preparó una cesta con panecillos recién hechos, un frasco de mermelada y unas manzanas.

—Llévasela a la abuela, ¿quieres? Seguro que se alegra de verte. Pero ve por el sendero y no te entretengas entre los árboles. El bosque es muy bonito, ya lo sabes, pero uno puede perderse si no presta atención. Y si alguien que no conoces te pregunta adónde vas, no tienes por qué contárselo.

—No te preocupes, mamá. Iré directo —respondió Caperucita, acomodándose la cesta en el brazo.

Salió cuando todavía quedaban gotas de rocío sobre la hierba. El bosque ya estaba despierto: los pájaros ensayaban sus canciones, las hojas se movían con una brisa suave y aquí y allá crecían flores amarillas, blancas y azules. Caperucita conocía aquel camino. Lo había recorrido muchas veces de la mano de su madre, aunque ese día iba sola.

No llevaba mucho andando cuando, desde detrás de un tronco, apareció un lobo. Caminaba despacio y hablaba con tanta educación que, de no ser por sus enormes dientes, cualquiera lo habría confundido con un vecino que salía a dar un paseo.

—Buenos días, pequeña. ¿Adónde vas tan temprano con esa cesta?

—A casa de mi abuela —contestó Caperucita—. No se siente bien y le llevo algo rico para desayunar.

—Qué nieta tan atenta. ¿Y vive muy lejos?

—No mucho. Pasando los tres robles grandes, donde el sendero hace una curva. Tiene flores en la ventana.

El lobo llevaba toda la mañana con el estómago vacío. Miró el sendero, por donde de vez en cuando pasaba gente, y pensó en la casita apartada que la niña acababa de describirle. Si llegaba antes que ella, podría sorprender a las dos sin que nadie las oyera pedir ayuda. Sonrió. No era, precisamente, una sonrisa de alegría.

—Vaya, vaya —dijo—. Seguro que a tu abuela también le gustaría recibir un ramo de flores. Mira cuántas hay por aquí. Yo, en tu lugar, elegiría las más bonitas.

Caperucita miró a su alrededor. Era verdad: las flores parecían recién pintadas. Pensó que solo tardaría un momentito y que la abuela se pondría contentísima al verla llegar con un ramo. Dejó la cesta junto a una piedra y se apartó unos pasos del sendero.

Mientras elegía una flor, descubrió otra un poco más allá. Y detrás de esa, otra todavía más bonita. Así, sin darse cuenta, se fue alejando del camino. El lobo, en cambio, no perdió ni un instante: tomó el atajo más corto y corrió hacia la casa de la abuela.

Al llegar, dio tres golpecitos en la puerta.

—¿Quién es? —preguntó la abuela desde la cama.

—¡Soy Caperucita! —respondió el lobo, poniendo una vocecita fina—. Te traigo una cesta con cosas ricas.

—La puerta está sin llave, cariño. Pasa, que hoy me cuesta levantarme.

El lobo entró de un salto. La abuela llegó a incorporarse, pero estaba demasiado débil para escapar. El animal la llevó hasta el armario del pasillo, la encerró y apoyó una silla contra la puerta para que no pudiera abrirla. La abuela golpeó con la mano, aunque desde el dormitorio apenas se oía. El lobo no quiso perder tiempo: se puso el gorro de dormir de la abuela, se tapó hasta la nariz y esperó en la cama, tratando de parecer una abuelita muy cansada.

Mientras tanto, Caperucita había juntado tantas flores que casi no podía sostenerlas con una mano. Entonces se acordó de la cesta, del sendero y de lo que le había prometido a su madre. Volvió sobre sus pasos, recogió la cesta y siguió su camino. Ya no se detuvo a mirar ninguna flor.

Cuando llegó a la casa, encontró la puerta entreabierta. Le pareció raro, porque su abuela siempre decía que las corrientes de aire eran capaces de meterse hasta en los pensamientos. Llamó despacito.

—¿Abuela? Ya llegué.

—Pasa, hijita —contestó una voz ronca desde el dormitorio.

Caperucita dejó la cesta sobre la mesa. El cuarto estaba en penumbra y la abuela tenía el gorro muy metido sobre la frente. La niña se acercó un poco. Después, otro poquito. Oyó un golpecito lejano, como si alguien tocara un mueble, pero estaba demasiado ocupada mirando aquella cara extraña. Algo no andaba bien, aunque no sabía decir qué.

—Abuela, ¡qué orejas tan grandes tienes!

—Son para escucharte mejor, querida.

—Y ¡qué ojos tan grandes!

—Son para verte mejor.

—Pero, abuela… ¡qué manos tan grandes tienes!

—Son para abrazarte mejor —contestó el lobo, estirando las patas bajo la manta.

Desde el pasillo llegó otro golpecito. Caperucita dio un paso atrás. Ya no estaba segura de que aquella voz fuera la de su abuela.

—Y… ¡qué boca tan enorme tienes!

—¡Es para comerte mejor!

El lobo saltó de la cama, pero Caperucita ya había empezado a correr. Llegó a la puerta del dormitorio y entonces vio al animal ponerse entre ella y la salida. La niña retrocedió hasta la mesa, agarró la cesta y la sostuvo frente a ella mientras gritaba con todas sus fuerzas. Del armario del pasillo llegaron varios golpes seguidos. Esta vez sí los escuchó con claridad.

Por suerte, un cazador que conocía muy bien aquel bosque pasaba cerca de la casa. Oyó el grito, después los golpes y, al ver la puerta entreabierta, entró sin perder un segundo. Se quedó sorprendido al encontrar al lobo con un gorro de dormir que le quedaba bastante ridículo. Pero enseguida vio a Caperucita detrás de la mesa y entendió que aquello no tenía ninguna gracia.

El cazador se puso entre el lobo y la niña y, con voz firme, le ordenó que saliera de la casa. El animal miró al cazador, miró la puerta abierta y decidió que aquel ya no era un buen lugar para seguir con su trampa. Salió disparado y desapareció entre los árboles.

—¡La abuela está en el armario! —dijo Caperucita, que por fin había entendido de dónde venían los golpes. Entre los dos apartaron la silla y abrieron la puerta. La abuela salió despacio, todavía asustada. En cuanto vio a su nieta, la abrazó con todas las fuerzas que le quedaban.

El cazador se aseguró de que las dos estuvieran bien y prometió avisar en el pueblo de que el lobo seguía rondando por el bosque. La abuela se sentó junto a la ventana para respirar tranquila; Caperucita le alcanzó un vaso de agua y se quedó a su lado, sin soltarle la mano, durante un buen rato.

Cuando las dos se sintieron mejor, abrieron la cesta. Los panecillos todavía olían a recién hechos y el frasco de mermelada había llegado entero. Pusieron las flores en un jarrón y se sentaron a desayunar. Se habían llevado un susto enorme, sí, pero ahora estaban juntas, y eso era lo que de verdad importaba.

Antes de volver a casa, Caperucita le dio un beso a su abuela y recogió su caperuza roja, que había quedado sobre una silla.

—Mañana vuelvo a verte —le dijo—. Y esta vez vendré por el sendero, sin apartarme a buscar flores ni contarle a un desconocido dónde vives, por muy amable que parezca.

La abuela le acomodó la caperuza y sonrió. Afuera, entre los árboles, el viento seguía moviendo las hojas. El bosque era el mismo de aquella mañana; lo que había cambiado era la forma en que Caperucita lo miraba. Y así, con la cesta vacía y el corazón un poco más tranquilo, emprendió el camino de vuelta.

Para conversar después del cuento

¿Por qué crees que Caperucita confió en el lobo, aunque no lo conocía?

Si pudieras darle un consejo a Caperucita antes de que empezara su paseo por el bosque, ¿qué le dirías?

F. J. Levin

Revisado y aprobado

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