Ir al contenido
ES/PT

Las cartas que escribimos y nunca enviamos

Hay cartas destinadas a nadie y conversaciones que solo existen sobre el papel. ¿Por qué escribimos cosas que no pensamos enviar?

3 min de lectura

Hay mensajes que escribimos con una seguridad admirable hasta que llega el momento de tocar «enviar». Entonces los leemos otra vez. Borramos una frase, cambiamos otra y descubrimos que quizás sería mejor no mandar nada.

Con una carta de papel, la cosa puede durar bastante más. Podemos doblarla, dejarla en un cajón, esconderla entre las páginas de un libro. Y ahí queda: una conversación que nunca ocurrió y que, sin embargo, ocupó un rato muy real de nuestra vida.

La pregunta es curiosa. Si no queremos que esa persona la lea, ¿para qué le escribimos?

Hablar sin que nadie interrumpa

En una conversación tenemos que tener en cuenta la reacción del otro. Puede interrumpirnos, hacernos una pregunta o entender una palabra de una forma que no esperábamos. A veces cambiamos lo que íbamos a decir a mitad de camino. Otras veces hablamos de más porque nos pusimos nerviosos.

Una carta que no se va a enviar funciona de otra manera. Podemos tardar diez minutos en encontrar una palabra. Volver sobre algo que creíamos cerrado. Reconocer algo que todavía no nos animamos a decir en voz alta.

Eso no quiere decir que el papel siempre nos vuelva sinceros. También podemos exagerar, justificarnos o escribir una versión de los hechos en la que quedamos demasiado bien parados. Una carta privada no es un tribunal de la verdad. Es un lugar donde ensayar lo que pensamos, incluso cuando todavía no lo entendemos del todo.

Hay cartas de enojo que, releídas al día siguiente, parecen escritas por otra persona. Otras guardan una pregunta que nunca tuvo respuesta. Algunas son apenas un «me habría gustado contarte esto». No todas traen grandes revelaciones, y está bien que así sea.

A veces la carta tiene un destinatario muy concreto: alguien con quien dejamos de hablar, una persona a la que no supimos agradecerle algo o alguien que ya no está.

Otras veces le hablamos a una versión antigua de esa persona. Recordamos sus gestos, imaginamos su respuesta y escribimos pensando en quien conocimos hace años, no necesariamente en quien es hoy. Eso puede hacer que una carta sea hermosa, pero también nos recuerda por qué enviarla no siempre sería justo. La persona real podría ser muy distinta de la figura que armamos en la memoria.

También existen las cartas que nos escribimos a nosotros mismos. No tienen nada de misterioso. Son una forma bastante directa de ver qué estábamos pensando en un momento de la vida. Releerlas después puede ser divertido, incómodo o las dos cosas a la vez. Hay opiniones del pasado que preferiríamos negar con elegancia.

Lo que una carta puede hacer

Las cartas también se usan en procesos de duelo acompañados por profesionales. Hay trabajos publicados sobre su uso en psicoterapia que describen cómo pueden ayudar a expresar cosas que quedaron pendientes. Hablan de un contexto clínico, no de una receta para cualquier pérdida.

Tampoco conviene atribuirle poderes especiales a la escritura. Un análisis que reunió 39 estudios sobre escritura expresiva no encontró mejoras importantes a largo plazo en los síntomas depresivos de adultos sanos con distintos niveles de estrés. Eso no quiere decir que escribir no valga la pena. Quiere decir que no hay motivos para prometerle a todo el mundo los mismos resultados.

Sería una pena convertir algo tan personal en una obligación más de sentirnos mejor. Podemos escribir una carta simplemente porque necesitamos poner en orden una conversación. O porque hay algo gracioso que nunca nos animamos a decir. O porque la página nos deja terminar una frase sin tener que encontrar la expresión perfecta.

¿Y qué hacemos con la carta cuando la terminamos? Algunas personas la guardan. Otras la rompen. Otras, al final, deciden enviarla. Ninguna de esas decisiones garantiza tranquilidad ni mide cuánto nos importa el destinatario.

Quizás la carta más importante no sea la que tiene las frases más lindas. Puede ser una página llena de tachaduras donde, por fin, logramos decir eso que llevábamos semanas intentando decir.

Y quizás, después de escribirla, sigamos sin saber qué hacer con esas palabras.

No todas las conversaciones necesitan llegar a los oídos de otra persona. Algunas nos sirven, simplemente, para escuchar qué estábamos tratando de decir.

F. J. Levin

Revisado y aprobado

CompartirEnviar por WhatsApp

¿Quieres aprender con método, y con alguien al lado?

En el Instituto hay clases de español y portugués en vivo, con acompañamiento entre clase y clase.

Conocer el Instituto

Sigue leyendo