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Las cosas que guardamos aunque ya no las necesitemos

Un boleto viejo, una llave sin puerta, una camiseta gastada. Hay cosas que ya no sirven para lo que fueron hechas, pero todavía nos cuesta soltarlas.

3 min de lectura

En el fondo de un cajón aparece una llave. Es pequeña, tiene un llavero de plástico desgastado y ya no sabemos qué abre. Probamos a mirarla de cerca, como si fuera a explicarse. Al final, vuelve al cajón. La próxima vez que ordenemos, probablemente repetiremos la escena.

Con otras cosas no hay ni siquiera dudas. Sabemos perfectamente que esa entrada de cine venció hace años, que la camiseta está demasiado gastada para usarla y que el reloj dejó de funcionar. Pero cuando llega el momento de decidir qué hacemos con ellas, la pregunta no parece ser “¿sirve?”. Parece otra, bastante más difícil: “¿qué pierdo si lo tiro?”.

Tal vez no se trate de la llave. Tal vez sea la casa en la que vivimos, la persona que nos la dio o una época de nuestra vida en la que teníamos costumbres distintas. Los objetos tienen la peculiaridad de quedarse quietos mientras nosotros cambiamos. A veces parecen ser los últimos en enterarse.

Un recuerdo que cabe en la mano

Una fotografía puede llevarnos a una conversación que ya habíamos olvidado. Una taza puede recordarnos a alguien que siempre la usaba. Incluso una receta escrita a mano conserva algo que una copia impresa difícilmente reproduce: una letra apurada, una mancha de aceite y esa palabra que solo entendía quien cocinaba.

En una revisión publicada en 2021, Elise van den Hoven y sus colegas examinaron diferentes vínculos entre los objetos personales y los recuerdos. Describieron cómo ciertas pertenencias pueden ayudar a conservar, evocar o expresar experiencias. La investigación no significa que todos necesitemos guardar lo mismo ni que un recuerdo desaparezca necesariamente al perder un objeto.

También conviene distinguir el afecto por algunas pertenencias de una dificultad grave para desprenderse de las cosas. Guardar unas cuantas cartas o recuerdos familiares no es, por sí solo, un trastorno. Y no todo apego tiene que ser profundo: a veces conservamos algo porque pensamos repararlo algún día, porque nos costó dinero o porque simplemente olvidamos que estaba allí.

Dos hermanos vacían la casa donde crecieron. Uno quiere quedarse con una vieja mesa. El otro no entiende por qué: está rayada, ocupa demasiado espacio y hay modelos nuevos mucho más prácticos. Quizás ninguno se equivoca. Uno ve un mueble; el otro recuerda las tardes de tarea, las comidas apuradas y las discusiones que se arreglaban al día siguiente.

La mesa sigue siendo la misma, pero no tiene el mismo significado para los dos. Esta diferencia puede provocar discusiones más dolorosas de lo que sugiere una simple mudanza. No estamos comparando solo muebles. A veces estamos comparando maneras de recordar.

¿Y si un día dejamos ir algo?

En un estudio publicado en 2015, Yang Yang y Jeff Galak investigaron el valor sentimental de ciertos objetos y cómo este puede mantenerse aunque su utilidad o novedad disminuyan. El trabajo ayuda a entender por qué una pertenencia antigua todavía puede importarnos. No ofrece una regla sobre qué debemos conservar.

Porque hay decisiones distintas, todas razonables según las circunstancias. Alguien conserva la camisa de su padre durante décadas. Otra persona prefiere regalarla a quien la vaya a usar. Una tercera decide fotografiar un objeto y despedirse de él. Ninguna opción mide cuánto quiso a esa persona.

También hay recuerdos de etapas que preferimos dejar atrás. No tenemos que hacer un museo de toda nuestra vida, especialmente si ciertos objetos nos resultan dolorosos. A veces abrir espacio en la casa permite respirar mejor; otras veces, despedirse de algo lleva tiempo. La decisión puede cambiar según el momento.

Quizá la pregunta útil no sea si debemos guardar o tirar todo, sino qué significa cada cosa hoy. ¿La conservamos porque nos alegra verla? ¿Porque alguien podría necesitarla? ¿O porque tenemos miedo de sentirnos culpables al dejarla ir? No son respuestas iguales.

La llave del cajón tal vez siga allí durante otros diez años. Quizás un día descubramos qué abría y nos riamos. O quizás termine en una caja de objetos para reciclar, después de una última mirada. Si eso ocurre, el lugar al que perteneció habrá existido de todos modos. La llave no era la casa, solo nos ayudaba a encontrarla en la memoria.

F. J. Levin

Revisado y aprobado

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