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¿Por qué algunas personas nos caen mal antes de conocerlas?

Hay personas que nos incomodan desde el primer saludo. Otras terminan siendo grandes amigos. Una reflexión sobre lo rápido que juzgamos y lo poco que sabemos.

3 min de lectura

Entras a una reunión y te presentan a alguien. Te saluda correctamente, pregunta cómo estás y se sienta al otro extremo de la mesa. No ha dicho nada ofensivo. Sin embargo, algo no te convence. Quizá sea el tono de voz, la manera de mirar o esa seguridad con la que habla. Cinco minutos después, ya tienes una opinión bastante formada sobre una persona de la que apenas sabes el nombre.

Lo más curioso es que probablemente te haya pasado también al revés. Alguien te pareció distante y terminó siendo una persona extraordinariamente atenta. O aquel desconocido simpático que te inspiró confianza resultó menos agradable cuando lo trataste de cerca.

¿De dónde salen esas impresiones? Hay ocasiones en que necesitamos reaccionar rápidamente ante una situación. Pero también podemos confundir una sensación con una prueba, como si estar convencidos de algo significara conocerlo.

¿Por qué juzgamos tan rápido?

En 2006, Janine Willis y Alexander Todorov investigaron cuánto tiempo necesitamos para formar una impresión a partir del rostro de una persona desconocida. En sus experimentos con fotografías, algunos participantes emitían juicios sobre características como la confianza o la simpatía después de exposiciones muy breves. Esto muestra la rapidez con la que podemos juzgar, no que esos juicios describan correctamente a las personas fotografiadas.

Y aquí está la distinción importante. Un rostro no revela si alguien es honrado, amable o peligroso.

En 2017, el propio Todorov dedicó un libro entero, Face Value, a mostrar que esos juicios rápidos suelen equivocarse.

En la vida cotidiana también intervienen cosas mucho más simples. Alguien habla poco porque está cansado; nosotros interpretamos que es arrogante. Una persona responde con frases cortas porque está nerviosa; creemos que es antipática. Y a veces la explicación es menos elegante: nos recuerda a alguien con quien tuvimos una mala experiencia.

Esto no significa que debamos desoír todas las señales de incomodidad. Si alguien nos trata mal, no respeta un límite o actúa de manera amenazante, podemos tomar distancia sin necesidad de esperar más pruebas de su buena intención. Ser cuidadosos con los prejuicios no nos obliga a confiar en desconocidos ni a exponernos a situaciones inseguras.

El asunto es otro: qué hacemos cuando lo único que tenemos es una reacción vaga. ¿Convertimos esa sensación en una sentencia o dejamos abierta la posibilidad de estar interpretando mal?

¿Y si nos equivocamos?

Imagina que empiezas a trabajar con una compañera que siempre parece muy seria. Durante las primeras semanas apenas cruzan palabras. Tú piensas que no tiene ganas de relacionarse con nadie. Un día se quedan juntos resolviendo un problema y descubres que tiene un sentido del humor inesperado. Lo que llamabas frialdad quizá era timidez, concentración o simplemente una forma distinta de estar en grupo.

No hace falta idealizar estas historias. Hay primeras impresiones que cambian para peor, y personas con las que nunca llegamos a tener afinidad. No tenemos obligación de llevarnos bien con todos. Pero una cosa es descubrir, con el trato, que una relación no funciona y otra es decidirlo sin haber dado espacio para que la persona muestre quién es.

También conviene recordar que nosotros somos el desconocido de alguien. Quizás una tarde estamos distraídos, respondemos sin entusiasmo o no sabemos qué decir. Alguien se lleva esa imagen y comienza a contarse una historia sobre nosotros. Una historia de cinco minutos que podría durar años, aunque nunca lleguemos a escucharla.

Lo difícil no es evitar que aparezcan impresiones. Surgen con facilidad. Lo difícil es tratarlas con la modestia que merecen: como una primera lectura, no como el libro completo.

La próxima vez que alguien te caiga mal antes de conocerlo, tal vez sigas sintiendo exactamente lo mismo. No necesitas fingir simpatía. Pero puedes conservar una pequeña duda. A veces basta una conversación más para descubrir que el personaje que habías inventado no se parece demasiado a la persona que tienes delante.

F. J. Levin

Revisado y aprobado

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