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La última vez que hicimos algo sin saber que era la última

Muchas despedidas no parecen despedidas. Hay tardes, visitas y pequeñas costumbres que terminan sin avisar y solo después adquieren otro significado.

4 min de lectura

Unos niños juegan en la vereda al final de la tarde. Uno tiene que entrar a bañarse. Otro se va porque ya lo están llamando para cenar. El último se queda unos minutos más, patea una piedra y también se va. Antes de separarse, alguno dice: “Mañana seguimos”.

Seguramente siguieron al día siguiente. Y al otro. Hasta que una tarde no siguieron más. Uno cambió de escuela, otro se mudó y los horarios empezaron a llenarse de obligaciones distintas. Nadie reunió al grupo para anunciar que aquel había sido su último juego. Ni siquiera había razones para sospecharlo.

Es posible que, muchos años después, alguno recuerde esa calle y se pregunte cuándo fue la última vez que jugaron allí todos juntos. Tal vez no consiga encontrar una fecha. Ni la ropa que llevaba puesta. Ni quién ganó. Aun así, la sensación de haber dejado algo atrás puede ser sorprendentemente clara.

Algunas despedidas tienen una forma reconocible. Hay abrazos largos, maletas junto a la puerta, palabras que nos cuesta pronunciar. Otras pasan disfrazadas de martes por la tarde.

El día que parecía uno más

Quizás hubo una última vez en que alguien te llevó de la mano a la escuela. No porque dejara de quererte, sino porque creciste lo suficiente para ir solo. Puede que el gesto terminara poco a poco: una mano que se soltaba antes de llegar, una esquina desde la que ya podías caminar sin ayuda.

También existió la última comida en una casa donde pasaste muchos años. La última tarde en que los vecinos se sentaron a conversar en la misma vereda. La última vez que escuchaste a un familiar contar una historia que, en aquel momento, ya te sabías de memoria.

Nada de eso tenía por qué sentirse importante. Quizás estabas distraído. Quizás querías terminar rápido la comida para salir. A lo mejor la historia del familiar te parecía interminable y rogabas que no volviera a contarla. Son detalles poco elegantes para un recuerdo, pero muy propios de la vida real.

El tiempo tiene una costumbre extraña: no siempre nos avisa cuando está cerrando una etapa. Tampoco nos entrega un índice de lo que debemos conservar. Años después, una canción que suena en el supermercado o el olor de una comida pueden devolvernos a un lugar que creíamos olvidado.

Los investigadores han estudiado cómo ciertas experiencias del pasado adquieren un valor especial cuando las recordamos con nostalgia. Por ejemplo, un trabajo de Elena Stephan y sus colegas publicado en 2012 exploró diferencias entre recuerdos nostálgicos y otros recuerdos personales. Eso no explica cada emoción ni convierte las despedidas en un fenómeno idéntico para todos. Apenas nos recuerda que mirar hacia atrás también transforma lo que vemos.

Hay una tentación comprensible cuando pensamos en estas cosas: querer retroceder y prestar más atención. Abrazar un poco más, escuchar sin interrumpir, dejar el teléfono a un lado. Pero juzgar cada instante del pasado con todo lo que sabemos hoy también puede ser injusto. Aquella persona que éramos no tenía acceso al final de la historia.

Lo que permanece sin haber sido anunciado

No todas estas últimas veces están relacionadas con una pérdida dolorosa. Algunas nos llevan a una vida mejor. Dejamos de pedir que nos lean un cuento porque aprendimos a leer solos. Un amigo dejó de encontrarnos a la salida de clase porque ambos empezamos caminos que deseábamos. Una casa quedó atrás porque necesitábamos otra.

Otras últimas veces, en cambio, duelen de una manera difícil de explicar. Especialmente cuando involucran a alguien a quien ya no podemos volver a ver. Es natural imaginar lo que habríamos dicho de haberlo sabido. También puede ser agotador quedarse atrapado en esa pregunta. No existe una despedida perfecta capaz de contener toda una relación.

Tal vez por eso conmueven tanto los recuerdos pequeños. Una persona que apartaba las migas de la mesa con la palma de la mano. Alguien que siempre preguntaba si habíamos llegado bien. Una voz que nos llamaba desde otra habitación sin que hubiera nada urgente que decir. No son escenas extraordinarias. Son gestos que, de tanto repetirse, llegaron a parecernos garantizados.

Y aquí conviene tener cuidado con una conclusión demasiado fácil: vivir cada día como si fuera el último. Suena bonito, pero resultaría agotador. No podemos despedirnos solemnemente antes de cada café ni contemplar cada tarde con la angustia de que nunca se repita. También necesitamos distraernos, aburrirnos, reírnos por cosas insignificantes y confiar en que habrá un mañana.

Lo que sí podemos hacer, de vez en cuando, es reconocer el valor de esas costumbres sin convertirlas en una obligación. Escuchar otra vez esa historia que ya conocemos. Compartir una comida sin apuro cuando sea posible. No para evitar el arrepentimiento futuro, sino porque hoy todavía podemos disfrutarlo.

Tal vez aquellos niños de la vereda nunca sepan cuál fue su última tarde juntos. Tampoco hace falta que lo averigüen. El juego existió, las voces llenaron la calle y alguien dijo “mañana seguimos” con toda la naturalidad del mundo. Durante un tiempo, tuvieron razón.

Y eso, incluso sabiendo que después llegó el último día, sigue siendo una buena noticia.

F. J. Levin

Revisado y aprobado

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