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La edad en la que creíamos que tendríamos todo resuelto

A los veinte imaginamos que a los cuarenta ya sabremos cómo funciona la vida. Los cuarenta llegan y aparecen nuevas preguntas.

3 min de lectura

A los diecisiete años alguien puede imaginar su vida futura con una seguridad envidiable. A los treinta tendrá un trabajo estable. A los treinta y cinco vivirá en cierta ciudad. A los cuarenta habrá dejado atrás todas esas dudas que hoy le parecen enormes. El plan cabe en una hoja, con espacio para dibujar una casa y hasta un perro.

Después llega la vida, con sus altas y bajas y sorpresas no esperadas. Hay trabajos que desaparecen, personas que conocemos tarde, decisiones que salieron bien por razones distintas de las previstas. A veces también conseguimos exactamente lo que queríamos y descubrimos que no era tan parecido a lo que habíamos imaginado.

No es extraño llegar a una edad que antes parecía definitiva y seguir haciéndonos preguntas. Lo curioso es que todavía podemos sentir que estamos llegando tarde a una cita que nadie nos confirmó.

El calendario que llevamos en la cabeza

Aprendemos pronto que la edad sirve para organizar muchas cosas: entrar en la escuela, votar, jubilarse, acceder a determinados derechos. Pero junto a esas fechas oficiales aparecen otras, menos visibles. La edad a la que “ya deberíamos” tener pareja, comprar una vivienda, ganar cierto sueldo o saber qué hacer con nuestra vida.

En 1965, Bernice Neugarten y sus colegas publicaron una investigación sobre las expectativas sociales relacionadas con la edad. Estudiaron cómo ciertas ideas acerca del momento apropiado para vivir acontecimientos importantes forman parte de la vida social. Eso no significa que exista un calendario universal ni que todos sintamos la misma presión.

Las expectativas cambian entre países, familias y generaciones. Para algunas personas, independizarse pronto representa una conquista. Para otras, vivir con familiares durante muchos años es normal o necesario. También hay quien no desea casarse, tener hijos o seguir una profesión única. Convertir una elección en medida del valor de alguien puede ser muy injusto.

Conviene reconocer esto último. No todo se arregla repitiendo que “nunca es tarde”. Hay oportunidades que dependen de la salud, el dinero, los cuidados familiares o circunstancias que no controlamos. Algunas puertas se cierran. Duele, pero hay que aceptarlo. No necesitamos fingir que esos límites no existen para reconocer que la vida todavía puede ofrecernos otros caminos.

La persona que hizo aquellos planes

Imagina encontrarte con una lista escrita por ti hace quince años. Quizás te dé ternura. Quizás te haga reír. Puede que algunos objetivos todavía sean importantes y otros parezcan redactados por un completo desconocido.

Y, sin embargo, eras tú. Con la información, los deseos y los miedos que tenías entonces. Hay algo injusto en juzgar a esa persona usando todo lo que aprendiste después. También sería injusto obligarte a cumplir hoy una promesa que hiciste sin conocer el camino que te esperaba.

A veces las comparaciones empeoran esa sensación de retraso. Un compañero de escuela compró una casa; otra persona cambió de país; alguien encontró el amor que esperaba. Vemos el resultado desde fuera y lo enfrentamos a nuestros propios días difíciles, que conocemos hasta el último detalle.

Pero las vidas no empiezan en el mismo lugar ni siguen las mismas condiciones. Y casi nunca vemos lo que otra persona sacrificó, perdió o dejó pendiente para llegar a donde llegó. Admirar sus logros puede ser razonable; convertirlos en un espejo de nuestra propia vida, no tanto.

Eso no significa renunciar a los proyectos. A veces necesitamos fechas, decisiones firmes y una buena dosis de esfuerzo. El problema surge cuando dejamos de preguntarnos si todavía deseamos aquello que nos propusimos y solo nos preocupa no haberlo conseguido a tiempo.

Tal vez a los cuarenta, a los sesenta o a cualquier otra edad sigamos sin tenerlo todo resuelto. Puede ser incómodo, especialmente cuando imaginábamos una versión futura de nosotros mismos que ya sabría todas las respuestas.

Si nos encontráramos con esa versión de diecisiete años, quizás no pudiéramos mostrarle la casa que dibujó. Pero seguramente tendríamos unas cuantas historias que no le habrían entrado en aquella hoja.

F. J. Levin

Revisado y aprobado

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