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Por qué cuesta tanto decir «me equivoqué»

Reconocer un error parece sencillo hasta que nos toca hacerlo delante de alguien a quien hemos lastimado. ¿Qué hace tan difíciles esas palabras?

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Una persona llega tarde, otra lleva veinte minutos esperándola y la conversación comienza mal. La primera podría decir: «Perdón, tendría que haberte avisado». Son pocas palabras. Pero, antes de pronunciarlas, explica el tráfico, el teléfono sin batería y lo complicado que estuvo el día. Al final, la persona que esperaba tiene que defender su derecho a estar molesta.

¿Te suena? A veces dedicamos más energía a explicar por qué hicimos algo que a mirar qué produjo eso en otra persona.

Decir «me equivoqué» parece sencillo cuando hablamos de un error ajeno. La dificultad aparece cuando esas dos palabras amenazan la imagen que tenemos de nosotros mismos. Queremos ser personas justas, atentas, consideradas. Descubrir que, en una ocasión concreta, no lo fuimos puede resultar incómodo.

El pequeño abogado que llevamos dentro

Piensa en una discusión familiar. Uno dice algo hiriente y, en cuanto ve la reacción del otro, empieza la defensa: «No era para tanto». «Me entendiste mal». «Tú también me has dicho cosas peores». Es posible que algunas circunstancias deban explicarse. El problema aparece cuando todas nuestras explicaciones terminan ocupando el lugar de la disculpa.

La psicóloga Karina Schumann examinó por qué algunas personas se resisten a pedir perdón o lo hacen de forma superficial. En una revisión publicada en 2018, describe, entre otros obstáculos, el miedo a perjudicar la propia imagen, el poco interés por reparar la relación y la idea de que disculparse no servirá de nada.

Esto último merece atención. No siempre nos cuesta pedir disculpas por orgullo. A veces tememos que la otra persona se burle, que aproveche nuestras palabras para atacarnos o que una conversación termine peor. También puede ocurrir que alguien no reconozca el daño porque interpreta los hechos de otra manera. Comprender esas diferencias evita reducir todo conflicto a una lucha entre humildad y ego.

Hay algo curioso en la frase «perdón si te molestó». Parece una disculpa, pero deja abierta la posibilidad de que el único problema haya sido la sensibilidad del otro. A veces basta un pequeño cambio para hablar con mayor claridad: «Lo que dije estuvo mal y entiendo que te haya dolido».

No es una fórmula mágica. Podemos pronunciar las palabras correctas sin sentirlas y seguir comportándonos igual al día siguiente. La reparación, cuando es posible, se nota también en las decisiones posteriores.

Cuando tener razón deja de ser lo importante

En otro estudio publicado en 2014, Schumann encontró que una intervención destinada a reforzar la seguridad personal de quienes habían cometido una falta favorecía disculpas más completas en las condiciones examinadas. Es un indicio de que defender nuestra imagen puede interferir en la manera de reconocer un error, no una demostración de que todos reaccionemos igual.

A veces la cuestión central no es decidir quién ganó una discusión. Si alguien olvidó una promesa, ridiculizó a otra persona delante de amigos o habló con desprecio, el asunto merece más que una explicación brillante. Merece escuchar qué ocurrió del otro lado.

También existen situaciones en las que no es prudente volver a contactar con alguien. Si hubo maltrato, amenazas o una relación que necesita distancia, pedir disculpas no concede derecho a insistir ni a recuperar la confianza. Saber reconocer un error incluye respetar los límites que otros decidan poner.

Lo más difícil quizá sea aceptar dos cosas al mismo tiempo: podemos tener motivos comprensibles para actuar como actuamos y, aun así, haber causado un daño. Ninguna de esas realidades borra la otra.

Después de todo, no hace falta llegar a ser una persona terrible para equivocarse. Basta ser una persona. Lo complicado empieza cuando intentamos demostrar que eso nunca nos pasa.

F. J. Levin

Revisado y aprobado

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