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Los libros que dejamos por la mitad

Un libro abandonado puede acompañarnos durante años. ¿Por qué sentimos culpa por no terminarlo, incluso cuando ya no queremos seguir leyendo?

3 min de lectura

En algún lugar de la casa hay un libro con un señalador en la página 83. Lleva meses ahí. Quizás años. A su lado hay otros que sí terminamos, pero ese tiene una forma especial de llamar la atención, sobre todo cuando estamos pensando qué leer después.

Lo curioso es que no siempre lo dejamos porque fuera malo. A veces apareció otro libro que nos interesó más. O empezó una época complicada. O simplemente nos aburrimos, algo que cuesta admitir cuando alguien nos lo recomendó con tanto entusiasmo.

Con las películas tenemos menos vueltas: si nos aburren, cambiamos de canal o hacemos otra cosa. Con los libros, en cambio, podemos sentir que dejamos una tarea pendiente. Como si el autor fuera a tocarnos la puerta para pedirnos explicaciones.

El compromiso que nadie nos pidió

Hay algo admirable en terminar una lectura difícil. Algunos libros piden paciencia: empiezan lento, tienen una estructura rara o una forma de contar que solo entendemos después de avanzar bastante. No todo lo que vale la pena tiene que gustarnos desde la primera página.

Pero no es lo mismo darle una oportunidad a un libro que obligarnos a terminarlo por orgullo. ¿En qué momento la lectura, que habíamos elegido por placer, se convirtió en una deuda?

Quizás tenga que ver con nuestra costumbre de valorar las cosas cuando las terminamos. Terminamos una serie, completamos un curso, tachamos una tarea. El final nos deja decir «lo hice». Un libro abandonado no entra tan fácil en esa lista.

La discusión no es nueva. En 2024, la Harvard Gazette, la publicación de la Universidad de Harvard, reunió a especialistas y lectores para hablar de cuándo conviene dejar un libro. No se ponían de acuerdo sobre el momento justo para hacerlo, pero todos defendían la posibilidad de dejarlo sin culpa. Es una buena muestra del debate, no una regla que todos tengamos que seguir.

También cambiamos nosotros

Hay libros que no disfrutamos a los veinte años y que nos sorprenden a los cuarenta. Y también pasa al revés. Una historia que antes nos acompañó puede volverse pesada cuando intentamos releerla.

El texto sigue siendo el mismo. Nosotros no.

El cansancio cambia nuestra paciencia. Una mudanza cambia lo que nos preocupa. Una pérdida puede volver insoportable una historia que antes habríamos leído sin problema. A veces lo que falla no es el libro ni el lector: simplemente no se encontraron en el momento justo.

Por eso me parece un poco injusto medir cuánto nos gusta leer por la cantidad de libros que terminamos. Hay quien lee despacio, subraya, vuelve atrás y se queda semanas pensando en una escena. Otra persona devora tres novelas en pocos días y las disfruta de otra manera. Ninguna tiene que rendirle cuentas a la otra.

Claro que dejar un libro tiene su riesgo. Puede que la historia mejore en el capítulo siguiente. Puede que al final entendamos por qué aquel comienzo parecía tan raro. Si dejamos todo apenas nos pide un esfuerzo, también podemos perdernos cosas maravillosas.

Esa objeción merece respeto. La respuesta no tiene por qué ser «hay que terminar todos los libros» ni «hay que dejar cualquiera que no entretenga». A veces vale la pena darle cincuenta páginas más. O volver a empezarlo otro día. O hablar del libro con alguien para entender qué se nos está escapando.

Y también es válido llegar a la conclusión contraria.

Hay lectores a los que un libro difícil termina conquistando. Otros descubren que ese libro no era para ellos, al menos por ahora. No hay manera de saberlo de antemano. Y justamente por eso las reglas rígidas sobre cuántas páginas hay que aguantar sirven de poco.

Queda una última posibilidad, menos dramática que las otras. No hacer nada. Dejar el libro donde está, sin declararlo una derrota ni prometer solemnemente que algún día lo vamos a terminar.

Quizás volvamos a abrirlo. Quizás alguien lo encuentre y lo disfrute más. Quizás el señalador siga años en la página 83. No es una tragedia literaria: es una biblioteca donde también cabe la vida.

F. J. Levin

Revisado y aprobado

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